Llegar a todos los niños y niñas: La promesa de la equidad

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Fuente texto e imagen: unicef.org – Julio 21 2017

La promesa de la equidad

Si se puede juzgar el alma de una sociedad por el modo en que trata a sus miembros más vulnerables, por una regla análoga se puede predecir el futuro de una sociedad –sus perspectivas de crecimiento sostenible, de estabilidad y de prosperidad compartida a largo plazo– por la medida en que brinda a cada niño una oportunidad justa en la vida. Dar a cada niño esa oportunidad justa es la esencia del progreso equitativo. Y tal como explica la edición del Estado Mundial de la Infancia de Unicef, promover la equidad es más que una obligación moral. Es un imperativo de orden práctico a la par que estratégico que contribuye a romper los ciclos intergeneracionales de desventaja, reduciendo así las inequidades que socavan todas las sociedades.

Todos los niños y niñas nacen con el mismo derecho inalienable a gozar de un comienzo saludable en la vida, de una educación y de una infancia segura y protegida; en suma, de todas las oportunidades básicas que se traducen en una vida adulta productiva y próspera. Pero en todo el mundo hay millones de niños a los que se priva de sus derechos y de todo lo que precisan para crecer sanos y fuertes, debido a su lugar de nacimiento, a su origen familiar, a su raza, a su etnicidad o a su género, o porque viven en la pobreza o padecen una
discapacidad.

¿Cómo se manifiestan estas privaciones en la vida de un niño, en su progresión hacia la edad adulta?

El niño al que se priva de atención postnatal puede que no sobreviva a sus primeros días. El niño al que se priva de inmunizaciones o de agua potable puede que no llegue a su quinto cumpleaños o que tenga una salud precaria en su vida. El niño al que se priva de una nutrición puede que no alcance nunca el pleno desarrollo de sus capacidades físicas o cognitivas, lo que limitará sus posibilidades de aprender y de ganarse la vida. El niño al que se priva de una educación de calidad puede que no adquiera nunca las habilidades que precisa para tener éxito en el mundo laboral en el futuro o para poder enviar a sus propios hijos a la escuela. Y el niño al que se priva de protección –frente al conflicto, la violencia o el maltrato, frente a la explotación y la discriminación, frente al trabajo infantil, o el matrimonio prematuro y la maternidad precoz– puede que cargue de por vida con secuelas físicas y emocionales que tendrán profundas consecuencias.

¿Cómo se manifiestan estas inequidades en los países y las comunidades donde crecen estos niños?

Los indicios están por todas partes, en forma de ciclos de privación que se transmiten de una generación a otra, afianzando la inequidad que amenaza a las sociedades de todo el mundo. Los niños que no tienen la oportunidad de cultivar las destrezas que necesitan para competir
como adultos, no pueden romper estos ciclos viciosos en sus propias vidas, ni proporcionar tampoco a su progenie la oportunidad de alcanzar el pleno desarrollo de sus posibilidades. Las sociedades en que viven quedan también privadas de la contribución plena que estos niños podrían haber hecho. Si no se abordan, las diferencias aumentarán y los ciclos se tornarán más brutales, afectando a más niños. Esto es especialmente cierto en un mundo cada vez más desgarrado por los conflictos violentos, las crisis crónicas y otras emergencias humanitarias causadas por los desastres naturales y por los efectos crecientes del cambio climático, todos los cuales afectan a la infancia de forma desproporcionada, pero sobre todo a los niños y niñas más desfavorecidos y vulnerables. Por tanto, el llamamiento a la acción que hace el informe del Estado General de la Infancia de Unicef  viene motivado por una sensación de urgencia y por la convicción de que es posible lograr otro tipo de resultados y, por ende, un mundo mejor. Los niños que nacen en la pobreza y la privación no están condenados a una vida de desesperanza. La inequidad no es inevitable si los gobiernos invierten en ampliar las oportunidades para todos los niños y niñas, modificando las políticas, la programación y las prioridades de inversión pública a fin de que los más desfavorecidos puedan ponerse a la altura de los más aventajados.
La buena noticia es que existen métodos más eficaces –y más rentables– de llegar a los niños, las familias y las comunidades más inaccesibles. Las nuevas tecnologías, la revolución digital, los innovadores mecanismos para financiar intervenciones fundamentales y las iniciativas encabezadas por los ciudadanos están ayudando a impulsar el cambio en pro de los más desfavorecidos. Invertir en estas intervenciones e iniciativas y alimentar estos movimientos emergentes fructificará en beneficios a corto y largo plazo para millones de niños y para las sociedades en que viven.
La aritmética de la equidad es relativamente sencilla, y es un juego donde siempre ganan todos. Todo el mundo debe progresar, tanto en los países ricos como en los pobres. Pero si dedicamos más recursos y mayores esfuerzos a llegar a los niños y familias que menos han progresado, los avances en materia de supervivencia, salud y educación infantil pueden compartirse de forma más ecuánime en beneficio de todos. Para lograr nuestros objetivos de desarrollo mundial, primero tenemos que invertir en los niños y niñas que están más rezagados. Invertir en los más desfavorecidos no sólo es correcto en principio; las pruebas demuestran que también lo es en la práctica. En un estudio realizado en 2010, UNICEF demostró que un enfoque centrado en la equidad permitiría avanzar hacia los objetivos mundiales de salud con mayor rapidez que por la senda actual, e indicó también que resultaría especialmente rentable en los países de bajos ingresos y alta mortalidad. Este estudio consistía en una simulación de dos situaciones hipotéticas para comprobar su eficacia en lo que respecta a la consecución de los objetivos de salud materna e infantil. Uno de los métodos ponía el acento en aumentar los esfuerzos para llegar a los niños en peor situación. El otro era un método tradicional en el que no se hacía especial hincapié en los más desfavorecidos.
Se llegó a dos conclusiones fundamentales. En primer lugar, al abordar la concentración de varias formas de inequidad en las poblaciones más desfavorecidas, el enfoque de la equidad acelera el progreso hacia los objetivos de salud más rápidamente que el método tradicional. En segundo lugar, al evitar más muertes con la misma inversión económica, el enfoque de la equidad resultaba notablemente más rentable y sostenible que la alternativa. Así pues, invertir en equidad no es sólo una necesidad moral: es también un imperativo de orden práctico y estratégico.

 

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